jueves, 12 de febrero de 2015

En el principio era Juan Ramón


Nadie duda de que Juan Ramón Jiménez está en el origen de la modernidad plena de la poesía española (la "modernidad" a secas podríamos situarla en Bécquer, aunque todo es discutible en estética y en etiquetas históricas). Sin el Juan Ramón del que me ocuparé ahora no hubiera existido la Generación del 27, o al menos no como la conocemos, y sin ella nuestra poesía actual sería muy  distinta.

Pero no se trata ahora de jugar a los futuribles a toro pasado, lo que me interesa es presentar algunas de las claves estéticas que a partir de la publicación de Diario de un poeta recién casado (1917) explican el vuelco de la poesía española y su camino por una nueva senda que deja arrumbadas en el desván de lo desvencijado las florituras modernistas y sus vistosas arquitecturas, tantas veces de humo.

Juan Ramón empieza a usar insistentemente por esta época la metáfora de la "fuga" o de la "huida" como expresión de su deseo de salir de una etapa dominada por las formas cerradas y perfectas (los sonetos, aunque fueran espirituales; los serventesios y cuartetos alejandrinos y marmóreos de Elegías o Laberinto) hacia una construcción más libre del poema. Pero no se trata solo de la libertad métrica, que por otra parte se ha exagerado siempre, empezando por el propio Juan Ramón Jiménez. Su autoproclamacion como introductor del verso libre moderno en español en Diario se contradice con un mínimo análisis de la forma de los poemas, que consisten en una combinación de endecasílabos y heptasílabos la mayor parte de las veces.

No, la novedad no está solo en la mayor soltura con que se usan los metros (sin abandonar la regularidad), la ausencia de rima o la mezcla de verso y prosa en el mismo libro, sino en que por primera vez se entrega el poema al lector como algo sin cerrar, no como un producto acabado sino como un proceso en que el lector participa también. Juan Ramón encuentra la manera de presentarnos el poema "haciéndose" en nuestra lectura por medio de algunas técnicas entre las que destaca la correctio como figura retórica. El poeta se corrige a sí mismo en el texto como si lo estuviera pensando al tiempo que el lector avanza por las palabras, y lo hace partícipe de sus dudas, de sus tropiezos expresivos, de sus tanteos hacia lo absoluto. Este procedimiento de corrección lo traspasará después el de Moguer a la concepción de su obra completa, que nunca considerará acabada.

En este sentido, hay que buscar la poesía más allá del poema, pues este es solo una fase, un intento de atrapar el auténtico poema, que siempre se escapa y se encuentra siempre en fuga.

No tiene poca importancia en este proceso el cambio de influencias que sufre Juan Ramón en esta etapa de su creación, pues pasa de la admiración anterior de la poesía francesa (más cerrada y arquitectónica) a un interés creciente por los poetas ingleses, irlandeses y norteamericanos, que practicaban una lírica más próxima al lenguaje cotidiano, y en una lengua que, al no dominar como el francés, permitía a Jiménez unos márgenes de interpretación más amplios. Podríamos decir que la vestimenta verbal del inglés no le apretaba tanto como el ropaje un poco ajado ya del francés.

Las reflexiones completas sobre todos estos aspectos de la poética juanramoniana los podéis encontrar en el artículo publicado en Ocnos. Revista de Estudios sobre Lectura, nº 5 (2009)

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